In loving memory
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Author senda
Contact senda@bme.anon
When A year ago
Studio Tania
Location Oviedo
Mi relación con la modificación corporal viene de antiguo, desde los 12 o 13 años he usado todo tipo de perforaciones y cortes como vía de expresión e incluso como válvula de escape.

Sin duda, si había algo que hacía especiales a todos esos pequeños rituales de mi vida era la radical oposición de mi madre.

Ella siempre se opuso a toda esta parafernalia y cuanto más pasaban los años más albergaba esperanzas de que se me pasase la manía. Sobre todo teniendo en cuenta que tengo predilección por los piercings faciales (aunque no llevo todos los que quisiera).

Pronto va a hacer un año que, de repente, se murió. Fue todo tan repentino que durante los primeros días pensé que lo había soñado, que no podía estar pasándome a mi y menos justo el día antes del 19º aniversario de la muerte de mi padre. No podía ser verdad, tarde o temprano me despertaría...

Al pasar los días, mi cerebro quiso empezar a asimilar la situación pero, como me conozco y sé que obsesiva es sin duda la palabra que mejor me define, pensé en hacer algo que me recordase día tras día cómo estaba la situación. Algo que me diese una prueba instantánea de que nada había sido un sueño. Lo había decidido, me haría un piercing en el labio.

A los 3 días del entierro salí directa hacia un pequeño estudio junto a mi casa, ya me habían hecho allí el piercing del ombligo y me daban la suficiente confianza como para dejarles mi cara en sus manos. Fui esperando que me doliese, realmente quería que me doliese. Necesitaba sentir que seguía viva porque, ya pasados 3 días, no me quedaban ni lágrimas ni sentimientos.

Llegué al estudio nerviosa, ansiosa y acompañada de una amiga. Escogí una pieza finita, de 1.2, por si me arrepentía (no suelo arrepentirme pero dado mi estado emocional no sabía si era un arrebato o una decisión bien meditada, yo que sé...) y me fuí corriendo a la parte de abajo. El chico debió notarme nerviosa y quiso tranquilizarme, le comenté que ya me había hecho él mismo el ombligo y que pronto volvería a por más y empecé a preguntarle por los tatuajes (quien sabe, quizá tengo un excelente artista al lado de casa y no lo sabía).

El chico era muy simpático y parecía orgulloso de sus numerosos trabajos colgados por las paredes (algunos bastante buenos he de decir). Sin duda a destacar su escrupulosa higiene y su saber hacer.

Me miró y volvió a mirar, observó mi labio y calculó exactamente el punto ideal donde hacer la perforación.

Me anestesió ligeramente. Me ofreció algo más de anestesia por si no me atrevía con el dolor pero me recomendó utilizar la mínima, yo incluso le hubiera dicho que tirase para adelante sin ella pero no queria irme de valiente y terminar llorando por todo el estudio (cosa que dudo pero ¿habiendo analgésicos por qué arriesgarse?).

Al poco supusimos que la anestesia habría hecho su efecto y empezamos con el piercing propiamente dicho. Me daba algo de "repelús" tener las manos de un desconocido metidas en la boca, la anestesia me había dejado un sabor de boca bastante extraño y la combinación con el latex no era de las más sabrosas. Uno, dos, tres... una pequeña presión, un poco de sensación extraña y listo, pendiente hecho. Al final, pese a todo, lo más doloroso fue ponerle la bolita para cerrarlo (nota mental, la próxima vez me hago uno un poquito más grande que estas bolas me las voy a terminar tragando).

Al salir mi amiga estaba verde de envidia, ella quería también su sesión de aguja y, finalmente, se decidió por perforarse el ombligo. Para alguien como ella, que vive atada a lo que le dicen sus padres, su novio o su hijo, debió ser como un amanecer a otra vida, sin pedir permiso a nadie, sin depender de la decisión de nadie... Justo como me sentía yo en ese momento. ¿Quizá libre?

Durante los días siguientes el pendiente cumplió con su misión sobradamente. Cuando me ponía demasiado triste o demasiado incrédula simplemente lo rozaba con mi lengua y sentía como mis pies volvían a la tierra, mi cabeza se centraba en seguir hacia adelante y mi corazón se quedaba mudo. Mientras me acostumbraba a él me lo mordía constantemente sin querer, provocandome un ligero dolor que me demostraba que seguía viva (ya lo he dicho antes, me había quedado hueca de tanto llorar y maldecir), un dolor que era una muestra de la vida que dejaba atrás y un bonito pendiente como simbolo de la que estaba por venir.

Ahora ya casi ha pasado un año, el pendiente es tan parte de mí como mis brazos o mis ojos, igual que los otros 17 (y subiendo) que le acompañan por todo mi cuerpo. Los recuerdos siguen doliendo pero, con el paso de los meses, se aprende a vivir con ellos igual que el cuerpo aprende a convivir con ese intruso metálico. A fin de cuentas, lo que somos no es más que la suma de lo que fuimos con lo que quisieramos ser. Yo sólo soy esto, dolor, cicatrices y metal.


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